viernes, 11 de abril de 2008

¿Géneros? (Para Úrsula)

Me preguntas si sé que existen más de dos géneros. Y la respuesta no es nada sencilla.

Sé que hay géneros y subgeneros, que hay masculinidades dominantes, subordinadas... Y sé que desde el movimiento de Gays, Lesbianas, Transsexuales y Asexuales se reclama el reconocimiento de terceros, cuartos y quintos géneros.

Pero también sé que el género es un concepto antropológico que recoge las imposiciones culturales, no biológicas, vinculadas en el universo simbólico de un grupo humano a la atribución de la persona a un sexo determinado.

Fíjate que digo "atribución a un sexo determinado" porque en algunos grupos determinadas mujeres pueen llegar a tener atribuido socialmente el sexo masculino y ser maridos de sus esposas y padres de los hijos que sus esposas lleguen a tener. O porque en la India existe un tercer grupo sexual formado por hombres voluntariamente castrados que ni son considerados hombres, ni son considerados mujeres.

Lo importante, Úrsula, es que la clasificación de las personas por género implica la imposición social de un rol, de un comportamiento esperado y considerado como correcto. Y la reivindicación de un tercer género (o un cuarto o quinto) no contribuye ni a la igualdad ni a la libertad, sino al contrario. Supone la formulación de una serie limitada comportamientos socialmente aceptados para un determinado grupo social.

Creo, Úrsula, que lo deseable no es que reconozcamos tres, cuatro, dieciocho géneros, sino que consigamos aceptar que cada persona tiene derecho a ser como es, a comportarse como su propia conciencia le dicte, a que no se presuponga que, por haber sido encasillada en el cajón de los machos, las hembras, los gays, las lesbianas... debe actuar conforme a un guión preestablecido. En definitiva, que todo comportamiento es socialmente aceptable siempre que no se dañe voluntaria o imprudentemente a los demás. Que ninguna norma social ajena a los principios de beneficencia y no maleficencia coarte el derecho al libre desarrollo de la personalidad de cada cual.

Y, reconozco Úrsula, que no es tarea fácil. No ya socialmente, sino siquiera individualmente. Porque cuando queremos, o cuando creemos querer, a alguien normalmente deseamos que se ajuste en su forma de ser y de comportarse a lo que nosotros esperamos del otro. Cuando amamos, generamos roles, adoptamos roles, nos adaptamos y queremos que el otro se adapte.

Y no es nada fácil asumir que el otro no quiera ser y actuar conforme al rol que le hemos asignado, ni nos es sencillo sustituir el rol que nos hemos atribuido por el que el otro desea que adoptemos.

Pero, muchas veces, lo más difícil de todo es asumir el fracaso, asumir el error sin culpar al otro por no ser y actuar conforme al guión que le habíamos escrito. Y reaccionar, liberándonos de roles, o reconociendo la incompatibilidad entre la realidad recién descubierta y la que creemos que pudiera darnos ese poquito de felicidad que tenemos el derecho a desear y a esperar en nuestras relaciones.

Por eso, Úrsula, tantas veces ni nos entenemos, ni nos entienden y oscilamos entre una desespetanza destructiva, una ilusión de prestidigitador, los miedos, las responsabilidades, la angustia y una felicidad que no sabemos si es un trocito real de una estrella fugaz o una baratija de todo a cien.

Sé, Úrsula, que pueden existir más de dos géneros, que pueden existir decenas de géneros. Más aún, que pueden existir miles de roles combinados género/raza/clase/nacionalidad/residencia/religión... que intentan controlarnos y reducir la diversidad social a algo manejable, dominable, tiranizable, a la variedad de la "carta" de la hamburguesería de la esquina.

Pero aspiro, utópicamente si quieres, a la desaparición de roles, al reconocimiento del derecho a ser persona sin adjetivo, sin clasificación, sin código de barras. Al reconocimiento, en conclusión, del derecho a que nadie espere de mí (ni de nadie) que sea, me comporte, sienta o piense de una forma determinada.

Reivindico, hija mía, mi derecho a quererte incondicionalmente y por ser tú, ya no porque seas mi hija, mi derecho a no sentirme decepcionado porque seas como quieras ser y te comportes como te quieras comportar. Reivindico mi obligación de no imponerte ningún rol, de no escribir ningún guión para tu vida.

Reclamo mi derecho a no esperar de tí más que una cosa: Que obtengas de tu vida, a tu manera, toda la felicidad posible.

1 comentario:

Daniel Gabarró dijo...

Gracias Javier por tus reflexiones, por tus palabras y por la forma poética de decirlo, llena de ternura.